MAPA TURÍSTICO Y CULTURAL
 
   
 
Lo primero que se decoró con esta técnica  fue un colectivo. “Para alegrarlo”, dice un artista del filete, dando su sencilla explicación. Y se cuenta que en los años 30, cuando estaba prohibido dibujar insignias patrias (banderitas, escarapelas
y el escudo) quedó un lugar vacante en la composición gráfica del filete y a alguien se le ocurrió que entonces,
en el centro del dibujo, estuviera la cara del Zorzal. Eso se hizo en mil y un vidrios, paredes y carteles y así tango y fileteado quedaron asociados. Pero uno no es efecto del otro sino que son los dos hijos de una misma época y de un mismo paisaje callejero. En el imaginario popular se implican mutuamente, se emparentan y ya vemos que no es casualidad. El floreo, ese dibujo que hacen los pies en el dos por cuatro, reproduce un movimiento similar al de la mano que pinta cornucopias, dragones, pajaritos y ribetes dorados alrededor de, por ejemplo, la cara de Gardel, de Discépolo, del Polaco Goyeneche. Dijo el pintor Ricardo Gómez que si el tango es un sentimiento triste que se baila, el fileteado es un sentimiento alegre que se pinta. ¡Y si él lo dice! Más viva en los colectivos que en los museos, esta alegría de trazo fino sigue con pulso firme los bordes del espejo donde un chofer se mira. Abajo, en una vidriera for export de San Telmo o del Abasto, se lo ve al Che Guevara pintado sobre una chapa rectangular, con su boina y su pañuelo al cuello o a Eva Perón en la era del color, sonriente y brillosa, corolada por líneas curvas de donde salen aves y flores. En cualquier parte de Buenos Aires hay un cartel con la palabra Bar fileteada, su relieve y la sombra bajo las letras la proyectan hacia afuera como queriendo impulsarla desde la caligrafía para hacerla entrar en la ciudad. Acaso sea esa su intención. Trascender la superficie plana, lanzarse y formar parte del movimiento urbano: caminar por las calles, tomarse un cafecito en la Giralda o fumarse un pucho de dorapa en un cuchitril. El fileteado le habla al arquetipo del porteño y encarna un nivel de representación de la mitología ciudadana. Minucioso, jovial, exaltado y preciso, el pincel del fileteador es el de un laburante que trabaja en un tallercito (un tallercito, sí: llamarlo atelier sería demasiada sofisticación).  Y con cada obra, cada palabra, cada detalle del trazo y del color, este laburante dibuja, embellece y mantiene viva parte de la historia de nuestro arte popular. 
 
 
NOTAS
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